Repercusiones
de los Cultivos Transgénicos en la Salud
Todavía no se dispone más que de los primeros datos científicos
acerca de las repercusiones de la ingeniería genética
en el medio ambiente y la salud.
En este capítulo se hace un resumen del estado actual de los
conocimientos científicos sobre los posibles riesgos para la
salud y el medio ambiente derivados de la ingeniería genética
en la agricultura y la alimentación, al que sigue un examen de
la función de los órganos internacionales de normalización
en la armonización de los procedimientos de análisis de
riesgos para estos productos.
Los datos científicos presentados en este artículo se
basan en gran parte en un informe reciente del Consejo Internacional
de Uniones Científicas (CIUC) (2003). El informe del CIUC se
basa en 50 evaluaciones científicas independientes realizadas
por grupos autorizados de distintas partes del mundo, entre los que
figuran la Comisión del Codex Alimentarius FAO/OMS, la Comisión
Europea, la OCDE y las academias nacionales de ciencias de muchos países,
como Australia, Brasil, China, Francia, India, los Estados Unidos y
el Reino Unido. Además, este capítulo se basa en evaluaciones
científicas realizadas recientemente por el Nuffield Council
on Bioethics (2003 - al que se llamará en adelante Nuffield Council),
el grupo de examen de la ciencia de la modificación genética
del Reino Unido, GM ScienceReview Panel (2003) y la Royal Society (2003).
Estas evaluaciones no estaban disponibles cuando se preparó el
informe del CIUC. Existe un consenso sustancial dentro de la comunidad
científica sobre muchas de las principales cuestiones de seguridad
relacionadas con los productos transgénicos, pero los científicos
no están de acuerdo en algunos problemas y sigue habiendo lagunas
en los conocimientos.
Cultivos modificados
genéticamente para la alimentación
de animales
Se utilizan en
alimentos balanceados (AB) muchos cultivos modificados genéticamente, productos derivados de ellos y enzimas derivadas
de microorganismos modificados genéticamente. Se estima que el
volumen del mercado mundial de AB asciende a unos 600 millones de toneladas.
Se utilizan AB compuestos principalmente para las aves de corral, cerdos
y vacas lecheras y se preparan con una amplia gama de materias primas,
como maíz y otros cereales, semillas oleaginosas como soya y
nabo. Se estima que actualmente se cultiva con variedades modificadas
genéticamente el 51 por ciento de la superficie mundial dedicada
a la soya, el 12 por ciento de la dedicada al nabo y el 9 por ciento
la dedicada al maíz (utilizado como maíz entero y subproductos
como gluten de maíz).
Las evaluaciones de la inocuidad de los nuevos AB para el ganado que
se realizan en Canadá, los Estados Unidos y otros lugares estudian
las características moleculares, de composición, toxicológicas
y nutricionales de estos productos en comparación con sus homólogos
convencionales.
Se tienen en cuenta, entre
otras cosas, los efectos en el animal que ingiere el alimento, en
los consumidores que comen el producto pecuario
resultante, la seguridad del trabajador y otros aspectos ambientales
de la utilización de los AB. Además, en muchos estudios
se han hecho comparaciones de la composición nutricional y la
salubridad de los alimentos que contienen productos transgénicos
con las de los componentes convencionales.
Las principales preocupaciones
en relación con el empleo de
productos modificados genéticamente en los AB son si el ADN modificado
de una planta puede transferirse a la cadena alimentaria sin consecuencias
nocivas y si los genes marcadores resistentes a los antibióticos,
que se utilizan en el proceso de transformación, pueden transferirse
a las bacterias del animal y, consiguientemente, a bacterias patógenas
humanas. Como el proceso de producción de las enzimas utilizadas
en los AB se realiza en condiciones controladas en instalaciones con
tanques de fermentación cerrados y se elimina el ADN modificado
de los productos finales, estos productos no entra–an ningœn
riesgo para los animales o el medio ambiente. La enzima fitasa aporta
beneficios especiales en la alimentación de cerdos y aves, entre
ellos, una notable reducción de la cantidad de fósforo
que se libera al medio ambiente.
Se ha determinado que el
ADN no se fragmenta en medida notable en el material vegetal crudo
y en el ensilaje, sino que se mantiene parcial
o completamente intacto. Esto significa que, si se suministran cultivos
modificados genéticamente a los animales, éstos probablemente
comerán el ADN modificado. Para considerar si el ADN modificado
o las proteínas derivadas consumidos por los animales tienen
el potencial de afectar a la salud del animal o entrar en la cadena
alimentaria, es necesario tener en cuenta el destino de estas moléculas
dentro del animal. La digestión de los ácidos nucleicos
(ADN y ácido ribonucleico, ARN) se produce mediante la acción
de nucleasas presentes en la boca, páncreas y secreciones intestinales.
En los rumiantes, se produce una degradación física y microbiana
adicional. Las pruebas indican que más del 95 por ciento de ADN
y ARN se deshace completamente dentro del sistema digestivo. Además,
investigaciones realizadas sobre la digestión de proteínas
transgénicas en cultivo in vitro han demostrado que se produce
una digestión casi completa en cinco minutos en presencia de
la enzima digestiva pepsina.
Los investigadores han examinado
los efectos que la elaboración
de los AB causa en el ADN para averiguar si el ADN modificado se mantiene
intacto y se introduce en la cadena alimentaria.
Es también causa de preocupación la posibilidad de que
la resistencia a los antibióticos se transfiera de los genes
marcadores utilizados en la producción de plantas modificadas
genéticamente a microorganismos presentes en los animales y, por
tanto, a bacterias patógenas para los seres humanos. En un examen
encargado por la FAO se ha llegado a la conclusión que es muy
improbable que esto ocurra. No obstante, la conclusión de dicho
documento es que, en la producción de plantas transgénicas,
no se deben utilizar marcadores que codifican la resistencia a antibióticos
de importancia clínica y decisivos para tratar enfermedades infecciosas
humanas.
MacKenzie y McLean (2002)
examinaron 15 estudios de alimentación
de vacas lecheras, vacuno para carne, cerdos y pollos, publicados entre
1995 y 2001. Los ingredientes estudiados fueron maíz y soya resistentes
a insectos y/o herbicidas. Se alimentó a los animales con un
producto transgénico o convencional durante períodos que
variaron de 35 días para las aves a dos a–os para el vacuno
de carne. Ninguno de estos estudios encontró efectos nocivos
en los animales alimentados con productos transgénicos con respecto
a ninguno de los parámetros medidos, que incluían la composición
de nutrientes, peso corporal, ingestión de AB, conversión
del alimento, producción de leche, composición de la leche,
fermentación en el rumen, rendimiento de crecimiento o características
de la canal. En dos de los estudios se encontraron ligeras mejoras
en las tasas de conversión del alimento en los animales alimentados
con maíz resistente a los insectos, lo que posiblemente se debió a
concentraciones menores de aflatoxinas, antinutrientes que se derivan
de da–os causados por insectos.
En resumen,
se puede concluir que son insignificantes los riesgos para la salud
humana y de los
animales que pueda causar el uso de cultivos
modificados genéticamente y enzimas derivadas de microorganismos
modificados genéticamente. No obstante, algunos países exigen
que se indique en la etiqueta la presencia de material modificado genéticamente
en las importaciones de sus productos derivados.
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