
A lo largo de 8000 años, desde la domesticación de los animales, el hombre ha ido desarrollando modelos ganaderos que, basados en un manejo y en una alimentación dados, le han permitido sacar el mayor provecho posible, en una zona concreta, de ciertas especies. Sin embargo, ha sido en las últimas décadas, en los países más desarrollados, donde se ha puesto un especial interés en perfeccionar sistemas de explotación cada vez más intensivos que, optimizando los recursos, logran alcanzar altísimos niveles productivos. Con el fin de incrementar la productividad de los animales, los investigadores se han basado en la siguiente ecuación:
Fenotipo = Genotipo + Ambiente
Mediante modificaciones en el ambiente (alimentación, manejo, instalaciones, condiciones de temperatura, humedad, viento, etc...), se pretendía ver el efecto de éstas sobre el fenotipo es decir sobre la producción, en nuestro caso, kilogramos de leche o huevos puestos. No obstante, operando de este modo, se comete inevitablemente un error. No todos los animales reaccionan de la misma manera ante un determinado alimento debido en gran parte a su particular dotación genética. En efecto, como nos indica la ecuación, el genotipo tiene una repercusión directa sobre el fenotipo. Aunque pequeñas, las diferencias en el acervo genético entre animales de una misma raza, y aún más entre animales de la misma especie pero de distinta raza, hacen que las condiciones ambientales o la composición del alimento no influyan de forma idéntica sobre la producción de los animales.
Llegados a este punto caben dos posibilidades para mitigar la variabilidad fenotípica debida al genotipo: 1º/ Tender hacia el mismo genotipo en todos los animales de la explotación. Ya sea uniformando lo más posible cada raza o bien recurriendo a la clonación de animales.
Ver artículo completo en: http://revistas.ucm.es/vet/19882688/articulos/RCCV0707110022A.PDF
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